divendres, 4 de març de 2011

La falda me quedaba mejor a mí

Estábamos las dos en mi habitación. Ella estaba removiendo mi armario en busca de una falda que le había cogido “prestada” en fin de año, desordenándomelo todo. Pero a mí me daba todo igual, tumbada en la cama mirando a través de la ventana, pensaba en mi futuro viaje a Nueva York: me imaginaba bailando en los festivales de pop, practicando yoga en el Central Park, disfrutando de las obras de teatro del momento y viendo a personajes famosos por la calle... Así estaba, abstraída en mis pensamientos cuando de repente se puso a chillar diciendo que yo era una ladrona, que se lo quitaba todo: su ropa, sus méritos, sus amigos, sus sueños, y que un día se lo pagaría, que me arrepentiría de haberle quitado la vida. Yo le sonreí inconscientemente, porque aún no había despegado de las ideas que tenía en la cabeza y porque la verdad, nunca he hecho mucho caso de sus constantes pataletas. Instantáneamente ella se fue corriendo de mi habitación dando un portazo, y por fin me dejó tranquila, a solas con mis ilusiones de joven soñadora. 
Siempre ha sido una niña un poco desgraciada: es una negada total para los estudios, nunca ha sido nada agraciada, encima en el colegio se reían de ella, y ahora que ya es mayor, trabaja cuidando a un señor mayor que la maltrata. Además, la pobre, sólo tuvo un novio, que resultó estar enamorado de mí, y su único amigo es un chico rarito al que creo que no le gustan las chicas… todo un panorama. A veces pienso que en realidad no somos hermanas, que es una broma que me hicieron mis padres para que aprendiera de primera mano que hay de todo en este mundo, otras veces creo que es el destino quien ha querido experimentar. El caso es que no se puede parecer menos a mí: en el fondo entiendo que quiera ser como yo, porque ¿quien quiere ser como ella?
Hoy me ha dicho que me invita a cenar a un restaurante de moda, puesto que estaré seis meses en Nueva York  y supongo que aunque no nos soportemos, tenemos que comportarnos como buenas hermanas. Estamos en mi coche pero conduce ella, no me ha querido decir donde está el restaurante, así que me dejo llevar hacia la incertidumbre. Este momento es emocionante y creo que me esperan grandes cosas, más feliz no puedo ser: solo la perspectiva de lo que me espera en la vida ya me hace sentir orgullosa: mi visita en la gran ciudad puede catapultarme como actriz de éxito, y cuando vuelva, si es que no soy ya una celebridad, ahí estará Antonio, el ex de mi hermana, esperándome para que nos casemos.
¿Pero qué hace esta loca? 
-!Nena! ¿Que no ves que por aquí solo llegamos al descampado de las putas?-
¡Pero qué hace!
-¡Aparta ese cuchillo, por Dios!.

Siento un dolor intenso, creo que voy a morir, me estoy mareando… Todo me da vueltas, la veo borrosa, me quedo sin fuerzas, por más que lo intente no me puedo mover.
-Sólo estoy recuperando la vida que me pertenece- me dice.
Pido socorro, le digo que la quiero, que me ayude.
-Por favor, por favor, por favor! Voy a morir, no me mates, por favor!.

Siento que estoy flotando, rodeada de nubes, en un mundo intangible, donde puedo verme a mí misma empapada de sangre, donde todo es bonito menos yo. Todo es bonito menos yo. Estoy manchada de sangre, parezco una bruja. Todo es bonito menos yo. Creo que estoy delirando, esto no puede ser, nada puede ser menos bonito que yo.
En mi delirio puedo distinguir una voz, que me parece fantasmal:
-La falda me quedaba mejor a mí.